17/02/09

CARTA a un MALTRATADOR

Para ti, cabrón: Porque lo eres, porque la has humillado, porque la has menospreciado, porque la has golpeado, abofeteado, escupido, insultado… porque la has maltratado. ¿Por qué la maltratas? Dices que es su culpa, ¿verdad? Que es ella la que te saca de tus casillas, siempre contradiciendo y exigiendo dinero para cosas innecesarias o que detestas: detergente, bayetas, verduras… Es entonces, en medio de una discusión cuando tú, con tu 'método de disciplina' intentas educarla, para que aprenda. Encima lloriquea, si además vive de tu sueldo y tiene tanta suerte contigo, un hombre de ideas claras, respetable. ¿De qué se queja?


Te lo diré: Se queja porque no vive, porque vive, pero muerta. Haces que se sienta fea, bruta, inferior, torpe… La acobardas, la empujas, le das patadas…, patadas que yo también sufría.


Hasta aquel último día. Eran las once de la mañana y mamá estaba sentada en el sofá, la mirada dispersa, la cara pálida, con ojeras. No había dormido en toda la noche, como otras muchas, por miedo a que llegaras, por pánico a que aparecieses y te apeteciera follarla (hacer el amor dirías) o darle una paliza con la que solías esconder la impotencia de tu borrachera. Ella seguía guapa a pesar de todo y yo me había quedado tranquilo y confortable con mis piernecitas dobladas. Ya había hecho la casa, fregado el suelo y planchado tu ropa. De repente, suena la cerradura, su mirada se dirige hacia la puerta y apareces tú: la camisa por fuera, sin corbata y ebrio. Como tantas veces. Mamá temblaba. Yo también. Ocurría casi cada día, pero no nos acostumbrábamos. En ocasiones ella se había preguntado: ¿y si hoy se le va la mano y me mata? La pobre creía que tenía que aguantar, en el fondo pensaba en parte era culpa suya, que tú eras bueno, le dabas un hogar y una vida y en cambio ella no conseguía hacer siempre bien lo que tú querías. Yo intentaba que ella viera cómo eres en realidad. Se lo explicaba porque quería huir de allí, irnos los dos… mas, desafortunadamente, no conseguí hacerme entender.


Te acercaste y sudabas, todavía tenías ganas de fiesta. Mamá dijo que no era el momento ni la situación, suplicó que te acostases, estarías cansado. Pero tu realidad era otra. Crees que siempre puedes hacer lo que quieres. La forzaste, le agarraste las muñecas, la empujaste y la empotraste contra la pared. Como siempre, al final ella terminaba cediendo. Yo, a mi manera gritaba, decía: mamá no, no lo permitas. De repente me oyó. ¡Esta vez sí que no! –dijo para adentro–, sujetó tus manos, te propinó un buen codazo y logró escapar. Recuerdo cómo cambió tu cara en ese momento. Sorprendido, confuso, claro, porque ella jamás se había negado a nada.


Me puse contento antes de tiempo. Porque tú no lo ibas a consentir. Era necesario el castigo para educarla. Cuando una mujer hace algo mal hay que enseñarla. Y lo que funciona mejor es la fuerza: puñetazo por la boca y patada por la barriga una y otra vez… Y sucedió.


Mamá empezó a sangrar. Con cada golpe, yo tropezaba contra sus paredes. Agarraba su útero con mis manitas tan pequeñas todavía porque quería vivir. Salía la sangre y yo me debilitaba. Me dolía todo y me dolía también el cuerpo de mamá. Creo que sufrí alguna rotura mientras ella caía desmayada en un charco de sangre.


Por ti nunca llegué a nacer. Nunca pude pronunciar la palabra mamá. Maltrataste a mi madre y me asesinaste a mí.


Y ahora me dirijo a ti. Esta carta es para ti, cabrón: por ella, por la que debió ser mi madre y nunca tuvo un hijo. También por mí que sólo fui un feto a quien negaste el derecho a la vida.


Pero en el fondo, ¿sabes?, algo me alegra. Mamá se fue. Muy triste, pero serenamente, sin violencia, te denunció y dejó que la justicia decidiera tu destino. Y otra cosa: nunca tuve que llevar tu nombre ni llamarte papá. Ni saber que otros hijos felices de padres humanos señalaban al mío porque en el barrio todos sabían que tú eres un maltratador. Y como todos ellos, un hombre débil. Una alimaña. Un cabrón.

Fernando Orden


Nota: II Premio del II Concurso Nacional 'Carta a un maltratador', convocado por la Asociación 'Juntos contra la violencia doméstica'.

CURvo

Señorita ¿me concede este beso? Sólo quiero restregarme contra usted un par de veces por semana durante diez o doce meses a lo sumo, prometo no molestarla más, no inmiscuirme en sus asuntos, como mucho la llamaré un par de veces de madrugada, hurtando sus ojos al sueño, para decirle cuánto la amo y cómo la echo de menos, por lo demás no se preocupe, de las noches en que no nos veamos, prometo suicidarme sólo la mitad de ellas, la otra mitad estaré tranquilo.

Miraré sereno cómo la tarde plomiza se posa sobre la ciudad, veré los coches ladrar furiosos sobre el asfalto, buscaré sus facciones en las caras anónimas que pululan por el centro y ellos me tomarán por un estúpido al ver mi sonrisa (de estúpido), no se preocupe por mí, ya le digo, estaré bien, entraré en uno de esos restaurantes del centro y pediré una ración de pulpo y una botella de vino tinto, el camarero también me tomará por estúpido cuando vea mi cara de felicidad al hincarle el diente al cefalópodo, el camarero sonreirá, le digo, porque ignora el pobre que como pulpo porque yo también quiero ser pulpo, señorita, yo también quiero ser pulpo, para acariciarla a usted y abrazarla con mis tentaculitos, y poseerla con ellos, y después me sentaría al piano y le tocaría jazz como sólo los pulpos pueden tocarlo, porque, ¿sabe, señorita?, si yo fuese pulpo aprendería a tocar el piano sólo por complacerla, pero el camarero no lo entiende, y me mira y sonríe cuando yo rebusco entre las patatas los tentáculos para saber si son tentáculos de pianista, y pienso en los momentos de felicidad y pasión que pudo tener, y le recito las palabras del poeta: ¿pulpo será, mas pulpo enamorado?, y al final suele ocurrir que me entristezco por ese pobre pianista a la gallega, con su anárquica melodía emergiendo entre las patatas y el pimentón, y me bebo el vino y me voy del restaurante, y vago un rato por las calles, pero ya ve, señorita, que no soy peligroso en esas noches, no lo soy porque aún llevaré pegado al cuello el aroma de usted desde la noche anterior, los pulpos somos muy tranquilos, aunque debo confesarle, señorita, que otra cosa será al día siguiente, en esos días enloquezco desde la mañana, ser pulpo me deja una resaca espantosa, noto un demonio dentro de mí, y consigo aplacarlo al principio, con mucho esfuerzo lo mantengo a raya, pero latente, crece, se alimenta de los restos del pulpo, y va ganando terreno poco a poco, hasta que, cuando empieza a caer la tarde ya no puedo contenerlo, sale de mí y me esclaviza, me fustiga, me hace odiarla a usted y odiarme a mí mismo por odiarla y odiar al pulpo por amarla, y empiezo a arrastrarme y se me hiela el corazón y soy una víbora, y salgo a la calle y repto por la ciudad, y no la busco a usted, porque la odio, ya se lo he dicho, la odio, porque miro a los ojos del demonio que me sodomiza y veo su mirada limpia, y creo que usted me odia por ser una víbora, pero luego pienso que simplemente le soy indiferente, le doy exactamente igual, y eso me horroriza aún más, ser una víbora indiferente, porque puedo comprender su odio, ya que su cuerpo no está hecho para ser tocado por una víbora, pero su indiferencia me hiere, y lo que haré, señorita, será buscar consuelo en el hombro del demonio, que me hará beber mil y un whiskies para engañarme, porque sus labios, señorita, lo sé, tienen el regusto amargo del whisky, y en mitad de la noche, con mis escamas de whisky y mis colmillos de odio, el diablo me acompañará hasta la calle de las putas y allí me dejará cómo una presa fácil, y, lo siento, señorita, buscaré sus labios entre los labios de las putas para inyectarles mi veneno, si es que aún tengo veneno, pobre viborilla de madrugada, y por un instante creeré haberla hallado a usted, cuando en realidad son mis colmillos los que hieden a whisky, no los labios de las putas, y mi corazón de sangre fría volverá a arrastrarse por la calle, ya ve, señorita, eso será todo lo que haré el tiempo que no pase con usted, quizá no sea muy ortodoxo, quizá espera usted algo más, lo comprendo, pero piense que yo la necesito para no perder la cabeza, porque yo la amo, y por eso, concédame usted este beso, por favor.

Bruno García
Gabriel Rodriguez

Nota: Ganadora del II Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.

29/01/09

CARTA a MI MISMA

Cuando tú y yo hayamos cruzado las fronteras de este tedio, de estas pérdidas, de estas luchas sin causa; cuando tú aceptes que esto es parte del camino, del viaje eterno del que venimos pataleando, sumergiéndonos, saliendo a flote; cuando por fin entiendas que las heridas son parte de esto que llamamos vida; cuando ya te hayas cansado de reventar tu cabeza con pensamientos que vienen de ayer y de hoy; cuando dejes ir lo que no te sirve, lo que no forma parte de tu viaje; cuando aprendas a lidiar con las pérdidas, los engaños, las decepciones; cuando te des cuenta que las personas mienten, prometen, luego cambian de idea sin preocuparse por tu dolor …

Cuando puedas levantarte por las mañanas y dejar de activar el piloto automático porque no sabes cómo sobrellevar un día más porque estás desorientada, y puedas por fin tomar tus propias decisiones basadas en lo que tú quieres. Cuando puedas dejar atrás lo que te hirió y empieces a mirar lo que puede ser y no lo que fue…


Cuando aprendas que solo se trata de vivir, de inventarte sueños, de luchar por ellos. Y que, total, si te equivocas vuelves a empezar. Cuando aprendas que las promesas no te pertenecen, porque no las hiciste tu, las hizo otro ser que tiene tantos errores como tú, que es tan egoísta como tú y que por lo menos tiene el valor de decidir lo que quiere para su vida, no como tú que te aferras a los valores morales que implican hacer una promesa y saber que tienes que cumplirla, cueste lo que cueste.


Ahí te darás cuenta que solo se trata de vivir y se trata sobre todo, de pensar en ti, por una vez en tu vida.
Olvídate de los demás, de los que se fueron, de los que se están yendo, de los que se arrepentirán y volverán cuando ya sea muy tarde…. ¡Olvídate!

Haz lo tuyo, haz tu parte, inténtalo y si tienes otros caminos cógelos, pero no te quedes parada, petrificada, como si la opción que se va fuera la única que la vida te dio. Como si no pudieras tomar el mando de tu propia nave y decidir por donde comenzar a empezar.


¡Busca! Retoma esos caminos que dejaste trancados por miedo, Sigue adelante, avanza siempre y acuérdate que nadie, jamás, se quedó convertido en estatua de sal por ti. Que todos se movieron y siguieron circulando, que solo tú te quieres petrificar por ellos…


¿De qué sirve llorar por lo que ya no puedes cambiar? ¿De qué te sirvieron todas tus lágrimas? ¿A quién le importaron? ¿A quién le importan hoy?
Te desespera pensar en empezar a acostumbrarte a vivir sola de nuevo, te acojonas de solo pensar que tendrás que aprender a comer sola, a despertar sola, a vivir sola, tal cual naciste…

¿Para qué pierdes el tiempo en alguien que te dio lo mejor que pudo pero que tuvo el coraje de decirte que no puede cumplirte las promesas que te hizo? ¿Para qué?


Empieza hoy, a valorar lo que tienes y no lo que se está yendo. Y afronta los riesgos, toma esos caminos nuevos que la vida te está ofreciendo… haz lo que sea, pero hazlo ya y no te quedes parada esperando que la tormenta pase, camina debajo de ella, mójate con toda su intempestiva fuerza y sopórtala.
Ya verás que mañana o pasado o el día después de pasado te darás cuenta que no perdiste mucho. Que el que no puede cumplirte una promesa, a la larga no podrá cumplirte nada.

Toma ese camino, o el otro, toma ese desvío que la vida te ofrece hoy, tómalo porque a lo mejor es hoy el día del desvío, y tenemos que estar muy atentas, no sea que se nos pase… una vez más.
Paloma Melero

23/01/09

el MUNDO (un MAR de FUEGUITOS)

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta contó.


Dijo que había contemplado desde arriba, la vida humana.


Y dijo que somos un mar de fueguitos.


- El mundo es eso -reveló- un montón de gente, un mar de fueguitos.


Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.


No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende.

Eduardo Galeano

HISTORIA de una DUDA

Como toda duda, ésta también nació certeza. Y como toda certeza, llegó con varios kilos de ignorancia bajo el brazo. Había que vestir tanta desfachatez ante la intemperie de las posturas, así que, para empezar; se hizo con algunos estereotipos. Ya sabes, atajillos populares, baratos, prét-a-porter y muy trillados que hacen el camino a la respuesta a tan sencillo como falaz.


La certeza no viaja bien. Le tiene pánico a la gente nueva y a los espacios abiertos. No es para menos. Cada vez que sale de casa, corre el altísimo riesgo de tropezar con algún espejo en forma de contradicción, evidencia que, de pronto y sin avisarlo, podría convertirla en mentira. Y estas sí que, con el tiempo, se vuelven frágiles como el cristal.


Por eso, las certezas siempre se blindan al miedo. Dado un número suficiente de fantasmas, rumores y peligros externos, una certeza puede sobrevivir años e incluso siglos en el invernadero de nuestra conciencia. De ahí que lo primero que buscara la certeza fuese ponerse a salvo de toda experiencia, oportunidad y contaminación.


En este caso, su primer gran aliado fue una mente que encontró cerrada a cal y canto. Un cerebro un tanto desocupado, sí, pero sobre todo una masa donde no entraba aire fresco que arrojarse ninguna luz, no hay manera de que existan gamas.


En ese lugar, la certeza, todo hay que decirlo, fue feliz. Por fin campaba a sus anchas por un universo monocromático, alimentado por una sola fuente de información, donde poder pudrirse de purismo y tradición, tomadas como piedras fundacionales que validaron todas y cada una de sus extradiciones mentales.


Pero un día, sucedió lo inevitable. A la certeza le nació una inquietud. Le salió justo en medio de la cara, así que no hubo manera física de disimularla. Con toda la contundencia, seguridad y aplomo que siempre había demostrado, ahora tenía que enfrentarse al mundo de las ideas con esa pústula en medio del jeto, que le restaba integridad y coherencia por todas partes. A esas alturas, todo el mundo ya sabía que la inquietud es una de las patologías menos deseables, más propias de burdas y vulgares preguntas que de respuestas con pedigrí. Por eso, no es de extrañar que, ante tanta inseguridad mal llevada, de pronto, empezara a cambiarle la voz, volviéndose menos sugerente y susurrada, con mucho más volumen y exclamación.


La inquietud, indiferente e ingenua como sólo la verdadera inquietud sabe ser, fue creciendo en tamaño e intensidad, llegando a inocular litros y litros de curiosidad en esa certeza, que cada día se sentía más débil. Un día, una preciosa mañana de agosto, a la certeza se le cayó el miedo. Y descubrió, bajo la costra pútrida de cobardía, una preciosa, tierna y decidida duda. Descubrió también que no valía la pena resistirse, ni seguir fingiendo. Que, como todas las dudas, pronto tendría la manía de reproducirse.


Y no me preguntes por qué, pero desde ese momento tuvo valor para reconocer lo que sabía, humildad para reconocer lo que no sabía, intuición para descubrir lo que no sabía que sabía y paciencia para seguir desconociendo todo lo que aún no sabía, y seguramente no sabría jamás.


Se hizo duda y con ello, se hizo eterna. Se hizo humana y con ello, se hizo bien.

Anónimo

09/01/09

MEMORandum

Buenos días, ¿qué desea?

— Pues... verá, yo venía a venderme.

— Ah muy bien, tome asiento, un momento que le tomo nota para que no se nos escape nada. Vamos a ver, dice usted que viene a venderse, perfecto, bueno pues empecemos, ¿su nombre por favor?

— Sr. Cualquiera.

— Muy bien Sr. Cualquiera, ¿cuál cree usted que es su precio?

— Mi precio, pues... por lo menos lo que han invertido en mí para que pueda devolverlo, veintiún años de educación.

— Humm, veintiún años de educación, eso no es mucho, pero con algo hay que empezar, ¿no tiene usted ninguna experiencia que incremente su valor bruto?

— No mucha la verdad, un poco de clases prácticas, pero nada que ver con el mundo real.

— Humm, nada que ver con el mundo real, eso no nos ayuda mucho, pero no se preocupe, a partir de ahora descubrirá ese mundo real, mire aquí le vamos a dar una oferta que le ayudará a curtirse.


Vamos a ver, como sabe ésta es una empresa de cárnicos, muy interesante, su jornada laboral será de diez horas diarias entre semana y de cinco horas todos los sábados, por supuesto el primer año no tendrá derecho a vacaciones y las pagas extras son una leyenda urbana que ha estudiado en la universidad, como muchas otras cosas que ha interiorizado no debe creérselas.


Como es el primer trabajo que usted tiene le haremos un contrato en prácticas, esto es, durante los dos primeros años cobrará un sesenta y un setenta por cien del salario establecido, aunque no se preocupe en un mes ya será capaz de desarrollar las mismas tareas que las del resto de sus compañeros.


Sus obligaciones como buen empleado serán: la obediencia, la plena disponibilidad y la sumisión, estará a cargo de un encargado que le dejará a cargo de un oficial el cual le dejará a cargo de un trabajador para que le enseñe todo lo que debe saber, el primer día tendrá que hacer el sacrificio de rodar de mano en mano.


Le pondremos en el contrato la categoría que se merece según su nivel de estudios, esto es, oficial de primera, aunque los tres primeros meses los cuales estará a prueba, su tarea será la de descargar trozos de carne vacuna del camión y trasladarla a la cámara frigorífica, puede que le parezca contradictorio, pero esta tarea es fundamental para que vaya asimilando el funcionamiento de la empresa.


Puede que durante su jornada note algún tipo de cansancio pero ha de saber que sólo es un producto de su imaginación, al trabajo se viene a trabajar, aquí no se le va a pagar para que descanse, le aconsejo que haga ejercicios respiratorios mientras carga algún becerro y verá como enseguida se le pasa.


De vez en cuando aparecerá algún cliente y usted tendrá que mostrarle su mejor cara, no importa lo que le haya acontecido en ese día o los problemas que usted haya podido encontrar durante su jornada, muestre siempre su mejor sonrisa, le aconsejo que practique delante del espejo durante una o dos semanas agradables gestos de bienvenida y de despedida para que se vaya acostumbrando.


Posiblemente, aunque esto no debería decírselo pero me ha caído usted bien, cuando se le acabe el contrato y le toque coger vacaciones, le echarán de la empresa durante ese mes, pero no se preocupe, si usted ha sido un buen trabajador no tardará en regresar, es un mero trámite administrativo que hace la empresa para no cotizar en vano mientras usted no trabaja y disfruta de su tiempo libre, amén de quitarle la antigüedad como premio a sus servicios.


Bueno y de momento creo que esto es todo, ah, huelga decir que su vida y sus problemas personales son algo que sobran en esta fábrica, esto no es un colegio ni un centro de terapia psicológica, tendrá que aprender a convivir con muchos tipos de personalidades, las cuales pueden estar o no de acorde con la suya, eso a usted no le toca elegir, pero todas estas casualidades no le ha de influir lo más mínimo para que rinda al cien por cien todos los días.


Sobra también decir que por supuesto la empresa no quiere ningún tipo de conflicto, para eso les hemos suprimido el derecho a reunirse o a crear cualquier sindicato, créame que todo esto es por su bien, éste tipo de acciones no traen más que dolores de cabeza y peleas, por eso usted estará muy bien mientras haga lo que la empresa le ordena, así podrá tener la oportunidad de trabajar muchos años y curtirse un futuro provechoso, aunque de la jubilación ya hablaremos en su día. ¿Qué le parece?, Sr. Cualquiera.

Alfredo Cuervo Barrero

07/01/09

no CULPES a NADIE

Nunca te quejes de nadie, ni de nada, porque fundamentalmente tu has hecho lo que querías en tu vida. Acepta la dificultad de adificarte a ti mismo y el valor de empezar corrigiéndote. El triunfo verdadero del hombre surge de las cenizas de su error.

Nunca te quejes de tu soledad o de tu suerte, enfréntala con valor y acéptala. De una manera u otra es el resultado de tus actos y prueba que tú siempre has de ganar.

No te amargues de tu propio fracaso, ni se lo cargues a otro. Aceptate ahora o seguirás justificándote como un niño. Recuerda que cualquier momento es bueno para comenzar y que ninguno es tan terrible para claudicar. No olvides que la causa de tu presente es tu pasado; asi como la causa de tu futuro será tu presente.

Aprende de los audaces, de los fuertes; de quien no acepta situaciones, de quien vivirá a pesar de todo. Piensa menos en tus problemas y más en tu trabajo y las soluciones vendrán a tu encuentro por si solas.

Aprende a nacer desde el dolor y a ser más grande que el más grande de los obstáculos. Mírate en el espejo de ti mismo y serás libre y fuerte y dejarás de ser un títere de las circunstancias porque tú mimo eres el arquitecto de tu destino.

Levántate y mira el sol por las mañanas y respira la luz del amanecer. Tu eres parte de la fuerza de la vida. Ahora despiértate, lucha, camina, decídete y así triunfarás en la vida; nunca pienses en la suerte, porque la suerte es el pretexto de los fracasados.
Pablo Neruda

28/12/08

la TRISTEZA Y la FURIA

En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizás donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta... En un reino mágico, donde las cosas no tangibles se vuelven concretas... Había una vez... Un estanque maravilloso.

Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...

Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse, haciéndose mutua compañia, la tristeza y la furia.

Las dos se quitaron sus vestimentas y, desnudas las dos, entraron al estanque. La furia, apurada (como siempre está la furia), urgida -sin saber por qué- se baño rapidamente y, mas rapidamente aún, salió del agua...

Pero la furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró... Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza... Y así vestida de tristeza, la furia se fue.

Muy calmada y muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque. En la orilla encontró que su ropa ya no estaba. Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que habia junto al estanque, la ropa de la furia.

Cuentan que desd entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es sólo un disfraz y que detrás del disfraz de la furia, en realidad, está escondida la tristeza.
Jorge Bucay

23/12/08

la CHICA de HIELO

Una voz, sólo una, le susurró al oído las miles de ilusiones que había perdido en sólo unos meses. Escuchó con atención cada letra, subrayó cada palabra que le desvelaba, cada una de las mentiras que se había creído sin rechistar.

Entre mantas y sacos no podía sumergir los gritos de rabia ni las gotas de sangre, y eran cicatrices lo que aparecieron en sus ojos. Una manera de pintar la realidad, una farsa inundaba su armario y se quedó sin ropa con que mirarse al espejo, sólo una vuelta atrás y un giro de 180 grados a aquello que fue su vida en trece repletos años de felicidad, eso deseaba.

Gritos y besos nunca se entendieron y no podían participar en el mismo juego, realidad absurda que nunca llegaría y lágrimas frías que ya carecían de significado, un contenido absurdo para un corazón de corcho y una mente de hielo para un cráneo perfecto. Fría hasta la saciedad, fue tachada siempre de arisca pero nunca fue capaz de penetrar con una mirada de odio, preocupada por todo y con miles de caminos por los que dejarse caer, llegó un momento en que las espinas se convirtieron en temibles fusiles, armas de fuego difíciles de esquivar que atravesaban la coraza de metal que le permitió siempre guardar para ella la miel de aquellos labios que nunca fueron besados. Nunca nevó en su mundo y jamás disfrutó de una gran cascada de sueños cumplidos, donde podía reflejar cada uno de sus deseos simplemente pensados para ser feliz.

Fueron muchos los dogmas que marcaron sus pasos y que se rompían cada vez con más rapidez. Un cúmulo de cosas cesaron su trayecto y eliminaron sin más las huellas que pudiesen desvelar, que alguna vez, por allí pasó algo más que una ilusión...

Cuando ya la esponja dejó de absorber, cuando se acabaron las ganas, cuando se acabaron los miedos, cuando el corazón dejó de latir en vida, y en definitiva, cuando se borraron los gritos y las miserias perdió el valor y se acabaron las promesas idiotas y los besos fingidos, pues en sueños es difícil disfrutar despierta.

Entonces, justo ahí, fue cuando asustada miró al pasado, contempló su futuro y le sonrió al presente, pues la ironía siempre fue su mayor fuerte. Envuelta en sábanas de seda y con un leve olor a perfume barato, una mini falda y unos tacones que alentaban aún más aquellos centímetros presentes siempre, calló rodando escaleras abajo y murió, pues esa nunca fue ella, pero si aquella que nunca más sería...

Con paciencia volvía a encontrarse, sin brújula ni timón, en medio de un mar revuelto por una pequeña tormenta. Y les dedicó su miedo (aquel que le invadía por saber aguantar tan firme y tan serena ante tal situación) a todos los que la recordaban como era, como siempre había sido. Sin una palabra amable, sin un abrazo, sin un beso, con una sonrisa y con unos cuantos comentarios bordes que no dejaban de ser más que un gran escondite para lo que de verdad se ocultaba detrás de tantas apariencias.

La chica de hielo, de miradas confusas, por fin halló la verdad que siempre estuvo allí, por fin encontró sus limitaciones.
Paloma Melero

17/09/08

GALLEtitas

A una estación de trenes llega una tarde, una señora muy elegante. En la ventanilla le informan que el tren está retrasado y que tardará aproximadamente una hora en llegar a la estación. Un poco fastidiada, la señora va al puesto de diarios y compra una revista, luego pasa al kiosco y compra un paquete de galletitas y una lata de gaseosa.


Preparada para la forzosa espera, se sienta en uno de los largos bancos del andén. Mientras hojea la revista, un joven se sienta a su lado y comienza a leer un diario. Imprevistamente la señora ve, por el rabillo del ojo, cómo el muchacho, sin decir una palabra, estira la mano, agarra el paquete de galletitas, lo abre y después de sacar una comienza a comérsela despreocupadamente.


La mujer está indignada. No está dispuesta a ser grosera, pero tampoco a hacer de cuenta que nada ha pasado; así que, con gesto ampuloso, toma el paquete y saca una galletita que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente. Por toda respuesta, el joven sonríe... y toma otra galletita. La señora gime un poco, toma una nueva galletita y, con ostensibles señales de fastidio, se la come sosteniendo otra vez la mirada en el muchacho.


El diálogo de miradas y sonrisas continúa entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más divertido. Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete queda sólo la última galletita. "No podrá ser tan caradura", piensa, y se queda como congelada mirando alternativamente al joven y a las galletitas. Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la última galletita y, con mucha suavidad, la corta exactamente por la mitad. Con su sonrisa más amorosa le ofrece media a la señora.

- Gracias! - dice la mujer tomando con rudeza la media galletita.

- De nada - contesta el joven sonriendo angelical mientras come su mitad.


El tren llega. Furiosa, la señora se levanta con sus cosas y sube al tren. Al arrancar, desde el vagón ve al muchacho todavía sentado en el banco del andén y piensa: "Insolente". Siente la boca reseca de ira. Abre la cartera para sacar la lata de gaseosa y se sorprende al encontrar, cerrado, su paquete de galletitas... ¡Intacto!

Jorge Bucay